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Andrea Álvarez comenzó a escribir Los novios muertos en noviembre de 2012. La historia tomó fuerza durante el invierno siguiente, en parte, gracias a los compañeros del taller literario de Juan Forn que recibían con entusiasmo cada capítulo que les leía. Se había formado un grupo intenso, de rápida producción y valoraciones mutuas, por todo eso, aunque mantenían el ritual tácito de no introducir temas que desviaran el trabajo, las tres horas de sesión no alcanzaban para analizar todos los materiales. Procuraban llegar temprano y se concentraban en los textos ajenos con gran compromiso. Disfrutaban de las devoluciones constructivas y pateaban las conversaciones sobre citas literarias, series o fechas de shows para la reunión posterior en la pizzería de la esquina. “El taller de Juan Forn fue un marco muy propicio para el desarrollo de mi novela. En las extensas sesiones de los viernes, Juan trabaja como un editor que no está apurado, lo cual implica una situación utópica”.

Carla, la protagonista de Los novios muertos, tiene una ventana desde la cuál ve el parque Lezama y eso le resulta inspirador. Autora y personaje coinciden en la atracción por las ventanas con buenas vistas. Andrea avanzó a grandes trancos, en las huidas de Buenos Aires, junto a una ventana con vista panorámica. Vacaciones de invierno y de verano y otra vez de invierno y verano de la temporada siguiente, en un departamento costero, contribuyeron en la culminación de la historia. “La vista del mar me despeja para escribir y me favorece la concentración. Así es que el verano del 15, una mañana de febrero, terminé Los novios muertos. Fue una sorpresa porque pensaba que me faltaba más. Eran las diez de la mañana, mi familia dormía. ¡Dormía hasta el perro! Mis vacaciones se caracterizan porque escribo hasta el mediodía y luego retomo la escritura a la tardecita o noche. Salí al balcón y me quedé un momento disfrutando, pensando que tenía el día completamente libre”.

—¿Qué les dirías a las personas que están por leer tu novela?

—Que no se dejen engañar por el título, no hay un enigma detrás de Los novios muertos, no es una novela de género y no van a estar agarrados de la intriga hasta el final, porque no hay un asesino oculto que va matando novios.

—Bien. Se trata de Carla, la protagonista, ¿qué le pasa a Carla?

—Carla descubre que el pasado le es ajeno. Su propio pasado. Es una especie de revelación silenciosa que le da horror y fascinación. El paso del tiempo la modificó de una manera tan intensa que no le resulta fácil reconocerse hacia atrás. Esta cuestión no tiene una repercusión en un sentido estético, no es una crisis de mediana edad, Carla mira una foto de hace más de quince años y considera que no está tan distinta, que su belleza quedó relativamente resguardada en relación con el tiempo transcurrido y con los estragos que el tiempo hizo en su interior.

—¿Parte de esos estragos se relacionan con su crisis de pareja?

—Parte de esos estragos se relacionan con su crisis de pareja, sí, Mariano. Es una crisis no muy evidente, no están tirándose con ceniceros, aunque hay conflictos, apatía, pero también momentos armoniosos. De todas formas, la relación ya no es lo que era. Supongo que Carla pensaba que todas esas cosas que les suceden a los demás, no les iban a pasar a ellos. Que eran invencibles, invulnerables. El tipo de ideas que se suele tener a los veinte años.

—Hay muchas referencias musicales y de época, ¿por qué?

—Bueno, es el contexto, un personaje pertenece a una época, está atado a su tiempo. Carla es un personaje entre dos siglos. Entró al siglo XXI de una manera que todavía no termina de visualizar, más allá de lo obvio de los cambios tecnológicos, intenta entender dónde está situada.

—¿Y la música? Toda esa lista de bandas que Carla escucha…

—La cuestión de la música se cuela de forma natural en lo que escribo. Para mí las referencias musicales que hay en la novela son mínimas. La selección de bandas tiene que ver con la personalidad de Carla. ¿Cómo podríamos conocer a un personaje sin información de la música que escucha?

—¿Cómo se inició esta novela? ¿Qué fue lo primero que escribiste?

—Lo primero que escribí es el texto que resultó ubicado como el capítulo 3 de la Parte I. La tarde de marzo que Carla pasa sola en su casa y piensa que nunca le gustaron los rubios. Come melón, toma te helado, escribe y mira las cúpulas turquesa de la iglesia rusa. En ese texto inicial se presentó la cuestión de los novios muertos. Estos novios que marcaron a Carla, no por haber sido amores importantes o trascendentes, más bien todo lo contrario, se trata de romances de relativa intensidad, de cierta indiferencia mutua, pero que quedaron en el recuerdo con un resplandor dorado, juvenil, porque esos novios murieron de forma temprana.

—Leí la novela y no sentí eso. Me pareció que eran los grandes amores de Carla.

—Ja, bueno, eso está bien, yo te cuento como funcionó en mi mente, mientras la escribí.

—El barrio de San Telmo esta presente en varios tramos de Los novios muertos, ¿por qué?

—Sé que a muchos escritores les resulta inspirador pensar en lugares exóticos y entiendo que los lectores disfrutan de viajar a través de las novelas. De hecho, como lectora, me sumo a esa pasión de viajar con los libros. Pero para escribir me alcanza con el parque Lezama y algunas calles de San Telmo. La misma ventana, el mismo árbol. Esa repetición no me hastía. Con el desarrollo de la trama, el árbol y la ventana se van a modificar, tal como se modifica todo a nuestro alrededor. Ahora, mientras te doy esta respuesta, acaba de cambiar la luz que entra hacia la mesa.

—Carla adora la luz azul, ¿por qué?

—La luz azul es la más rara y breve del día. Te anuncia que ese día termina. Le da la entrada a la noche. Es un timbre visual. Hay días que parecen pasar sin más y de pronto la luz azul, la idea del final, los convierte en algo especial, aunque sea por unos minutos. De hecho, el título provisorio de la novela fue La luz azul. Es la cuestión de detener el instante con la literatura.

Vía: La Hormiga Negra